Irrumpes con risa de mármol,
con ojos de ensueño;
exenta de sombras y olores.
Lo advierto yo con la sangre amotinada...
y lo advierten las persianas
que agitan su alma de madera.

Entre lunares de luz
que arroja la luna en las paredes,
pienso la osadía de echar mis labios en tu espalda,
como pasos cansados,
como un hálito de amor senil.

Voy a tí, huraño, a tientas,
buscando tu púbis de caña y sal.
Lo humedezco con mis párpados,
le unto mis anhelos,
me reconozco en su calor.

Pero temo esas horas, hijas del alba,
en las que huyes de mí
gesticulando un dolor agudo,
dejándome solo y loco.

Entonces, empiezo a habitar
los espacios que has dejado:
Sin risa de mármol, sin ojos de ensueño...


Gilberto López.

 

 

 

 

 

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